Tuca y la Hoja Calentita
Para 3 a 5 años · 4 min de lectura
Tuca, la capibara, tenía un nidito acogedor junto al río.
El agua corría despacio y calladita. La hierba era suave y calentita. Tuca se quedaba muy quietita y respiraba hondo, despacio. Nunca tenía prisa. Le gustaba todo despacio.
La luna apenas despertaba en el cielo.

Una hojita bajó flotando a su lado. Era suave y dorada. Estaba calentita del día largo y dormilón. Tuca la sostuvo cerquita. Parecía una mantita.
"Qué hojita tan calentita," dijo bajito.
Entonces oyó un sonido chiquito. Un crujido quieto en la hierba. Era Pipo, el erizo, muy pequeño y con mucho sueño.
"Hola, Pipo," dijo Tuca, despacio y con cariño.
Pipo se hizo una bolita. "Tengo frío," susurró Pipo. "No encuentro un rincón calentito."
Tuca sonrió con su sonrisa tierna. Tenía su hoja dorada y calentita. Y tenía sitio a su ladito, en la hierba suave.
"Ven a quedarte conmigo," dijo Tuca. "Vamos a caminar a un lugar más calentito."
Así que fueron, despacio y calladitos, uno al lado del otro.
El río susurraba junto a ellos. Calma ahora, calma ahora, parecía decir. Tuca caminaba despacio. Pipo caminaba despacio también. Patitas pequeñas, pasitos pequeños, suaves en la hierba.
Pasaron junto a una rana dormilona en una piedra. Pasaron juncos altos que se mecían despacio. La luna iba con ellos, redonda y tierna.
Tuca no se apuraba. Nunca se apuraba.
"Ya casi," susurró. "Solo un poquito más."
Llegaron a un hueco calentito en la hierba, junto a un tronco viejo y suave. Estaba resguardado del viento. Era perfecto.
Tuca puso la hoja dorada y calentita para Pipo. "Aquí," dijo. "Esto te dejará calentito."
Pipo se acurrucó bajo la hoja suave. "Ah," dijo Pipo. "Ahora estoy calentito."
Tuca se sintió calentita también, por dentro toda. Compartir la hoja le calentó el corazón.

Los dos amigos se quedaron muy juntitos. La hierba era suave. La noche era tierna.
Allá arriba, salieron las primeras estrellas. Una. Luego dos. Luego más, como lucecitas suaves.
Tuca respiró despacio. Soltó el aire despacio. A su lado, el pequeño Pipo empezó a bostezar.
"Buenas noches, Pipo," susurró Tuca.
"Buenas noches, Tuca," susurró Pipo.
El río se quedó quieto. Los juncos se quedaron quietos. La luna posó su luz suave sobre la hierba.
Los ojitos de Pipo se iban cerrando. Despacio y suave. Despacio y suave.
Tuca cerró los ojos también. Sintió la hierba calentita debajo. Sintió la noche tierna alrededor.
Calma ahora, calma ahora, decía el río.
Calma ahora, calma ahora, decía la brisa.
Tuca respiró hondo otra vez, despacito. Su cuerpo se sintió pesado y calentito. Sus pensamientos se hicieron quietos y pequeños.
La hoja calentita subía y bajaba sobre Pipo dormido. Arriba y abajo. Despacio y suave.
Las estrellas los cuidaban, tiernas y calladas.
Y Tuca, la más calmada de todas, fue bajando, bajando, bajando hacia el sueño.
Calentita. Segura. Querida.
Buenas noches, Tuca. Buenas noches, pequeño Pipo. Buenas noches.