Tuca y el Río Tranquilo
Para 3 a 5 años · 6 min de lectura
A la orilla de un río ancho y tranquilo, había una piedra lisa y calentita. Y encima de la piedra lisa y calentita estaba una capibarita que se llamaba Tuca.
Tuca era redondita, suavecita y marrón. Su pelo tenía el color de la tierra tibia. Tenía un hocico grande y dulce, y unos ojitos pequeños y tiernos a los que les gustaba cerrarse. Más que nada en el mundo, a Tuca le encantaba quedarse quietita.
Le encantaba la piedra tibia debajo de ella. Le encantaba el río lento a su lado. Le encantaba cómo la tarde bajaba suave y dorada sobre el agua.
Todo el día, Tuca hacía las cosas despacio. Comía un poquito de hierba, despacio. Miraba pasar el agua, despacio. Cerraba sus ojitos tiernos, despacio.
Inspira, pensaba. Espira. Despacio y calentita. Despacio y calentita.

Ahora el sol se estaba escondiendo. El cielo se puso color durazno, después rosa, después azul suave. El río atrapó todos los colores y se los llevó, despacio y brillando.
Llegó una brisita. Tocó los juncos verdes y altos. Los juncos se mecieron de un lado a otro, despacio como una canción de cuna.
Tuca dio un bostezo grande y feliz. Era una buena tarde para quedarse quietita.
Entonces, cerca de los juncos, oyó un ruidito. Un saltito. Un movimiento. Un suspiro cansado.
Era una ranita. Saltaba de aquí para allá. Plin, plin, plin. No lograba quedarse quieta de ninguna manera.
—Quiero dormir —dijo la ranita—. Pero mis patitas siguen saltando. No encuentro un rincón cómodo por ningún lado.
Tuca sonrió con su sonrisa lenta y dulce. —Ven aquí —dijo bajito—. Siéntate cerca de mí. Yo sé una buena manera de quedarse quietita.

La ranita saltó y se sentó en la piedra tibia, justo a su lado.
—Ahora —dijo Tuca— respiramos como el río. Despacio, sin prisa.
Tomó aire muy despacio. La ranita tomó aire también. Soltó el aire muy despacio. La ranita soltó el aire también.
Inspira, despacio. Espira, despacio. Despacio y calentita. Despacio y calentita.
Poco a poco, las patitas de la ranita se quedaron quietas. Sus ojitos se pusieron blandos y pesados. Se apoyó en el costado tibio de Tuca y dio un murmullo dormilón.
Pronto llegaron otros amiguitos también.
Un patito soñoliento nadó cerca. Se subió a la piedra y escondió el pico debajo del ala.
Dos escarabajos redondos treparon a una hoja. Doblaron sus patitas y se quedaron quietos.
Y una luciérnaga bajó flotando desde la oscuridad. Parpadeaba, despacio y dorada, como una estrellita que cae.
Uno a uno, todos vinieron a sentarse cerca de Tuca. Porque donde estaba Tuca, todo iba más despacio. Donde estaba Tuca, el mundo era seguro y calentito.

—Miren —susurró Tuca.
Levantó la carita hacia el cielo. Había salido la primera estrella. Allí estaba, quietita y brillante, en el azul hondo y suave.
—La estrella no tiene prisa —dijo Tuca, despacio—. El río no tiene prisa. La luna grande y redonda no tiene prisa.
Tomó aire, despacio. Soltó el aire, despacio.
—Y nosotros tampoco —dijo.
Los amiguitos miraron hacia arriba también. El cielo se iba llenando, despacito, de más y más estrellas mansas. El río susurraba allá abajo. Los juncos se mecían, despacio, de un lado a otro, de un lado a otro.
Nadie saltaba. Nadie tenía prisa. Todos respiraban, despacio y calentitos.
La noche estaba muy mansa ahora.
La niebla subió del río, blanca y suave, como una manta tibia subida sobre el mundo. Envolvió la piedra tibia. Envolvió a la ranita, y al patito, y a los dos escarabajos redondos, y a la luciérnaga dorada.
Y envolvió a Tuca, redondita, tibia y quietita.

La luna subió más alto, redonda y plateada. Tendió un camino suave de luz sobre el agua lenta, lenta. El camino brilló y resplandeció, y luego se quedó quietito también.
Los ojitos de Tuca estaban muy pesados ahora.
La ranita ya estaba dormida. El patito también. Los dos escarabajos redondos también. La luciérnaga parpadeó una vez, y después otra, y su lucecita se fue poniendo tenue y suave, como una velita que se va a dormir.
Inspira, pensó Tuca, despacio. Espira, despacio.
El río se calló. Los juncos se callaron. La noche tibia entera se quedó calmadita y quieta.
Tuca cerró sus ojitos tiernos.
Estaba calentita. Estaba segura. Todos sus amiguitos estaban acurrucados a su lado, respirando despacio.
Despacio y calentita, pensó. Despacio... y... calentita...
Y allí, sobre la piedra lisa y calentita, a la orilla del río ancho y tranquilo, bajo la luna grande y plateada, la capibarita Tuca se fue durmiendo despacio, despacito.
Buenas noches, Tuca. Buenas noches, riíto. Buenas noches, amiguitos. Buenas noches.