El ciervo y la luna
Para 3 a 5 años · 2 min de lectura
La noche estaba suave y el musgo, calentito. Nino, el cervatillo, se acostó en su camita de hojas. Tenía astas pequeñas y pequitas color crema. Más que nada, amaba la luna.
Cada noche la miraba entre los árboles. Esta noche la luna se veía pequeña y lejana. Nino ladeó la cabecita. "¿La luna se sentirá sola?", se preguntó.

Se levantó con sus patitas livianas. Salió despacio bajo los árboles tranquilos. La hierba estaba fresca y el aire, quieto. En una rama baja estaba Nora, la búho.
"Hola, Nino", dijo muy bajito. "¿Qué buscas?" "La luna", dijo él. "Creo que está sola." Nora miró hacia arriba con sus ojos calmos y redondos. "Miremos juntos", susurró.

Miraron el cielo un largo rato tranquilo. "¿Ves las estrellitas?", dijo Nora. "Acompañan a la luna toda la noche." Nino las vio ahora — suaves y brillantes, por todas partes. La luna no estaba sola, después de todo.
"Y la luna nos cuida", dijo Nora. "Es como una lucecita suave para todos los que duermen." Nino sintió un calorcito por dentro. La luna era amiga del mundo entero y dormido.
Dio un bostezo lento y feliz. "Gracias, Nora", susurró. "Buenas noches, cervatillo", dijo ella.
Volvió entre los árboles callados. Las patitas se le hicieron pesadas y lentas. Las hojas susurraban, suaves como un shhh. Las primeras estrellas parpadearon sobre su cama.

Nino se acurrucó en su camita calentita de musgo. La luna brillaba suave entre las hojas. Lo cuidaba, suave y cerquita. Los ojos se le pusieron pesados. Su respiración se hizo lenta.
Shhh, ahora. Shhh, ahora. La luna está aquí. Las estrellas están aquí. Todos están seguros y calentitos. Buenas noches, Nino. Buenas noches.