Nino y el Unicornio de Nube
Para 6 a 8 años · 7 min de lectura
Nino, el pequeño ciervo, estaba acostado en su nido de hojas tibias. Las hojas eran suaves y secas. Olían a lluvia de hace mucho tiempo. Una luna pequeña colgaba allá en lo alto. Su luz bajaba despacio, plateada. Nino parpadeó hacia ella. Estaba acurrucado. Estaba a salvo.

A Nino le encantaba mirar el cielo. Lo miraba cada noche. Veía formas en las nubes. Veía un pez con sueño. Veía un oso redondo y suave. Hablaba con las estrellas bajito. "Hola, allá arriba", susurraba. Las estrellas solo parpadeaban, despacio y con cariño.
Esta noche las nubes pasaban bajas y lentas. Eran grandes, blancas y redondas. Nino vio una nube acercarse. Tenía un cuello largo y suave. Tenía una cabecita redonda. Y en la cabeza tenía un cuernito, todo hecho de nube.
"Un unicornio", susurró Nino. "Un unicornio de nube."
El unicornio de nube giró su cabeza suave. Miró directo a Nino. Sus ojos eran dos estrellas pálidas. No hizo ningún sonido. Solo parpadeó, despacio y cálido, como las estrellas.
Nino sintió el corazón ablandarse. Había deseado un unicornio por mucho tiempo. Lo había pedido a cada estrella. Y ahora había uno ahí, hecho de luz de luna y nube. Flotaba bajito, justo sobre la hierba.
El unicornio bajó la cabeza hacia él. "Ven", parecía decir, sin ninguna palabra. "Ven a pasear un ratito."
Nino se levantó sobre sus patitas. Salió de su nido tibio. La hierba estaba fresca y húmeda en sus pies. La noche estaba callada y quieta. Caminó junto al unicornio, despacio y suave.
No iban rápido. Nunca se va rápido en la noche. El unicornio flotaba bajito a su lado. Sus costados blancos y suaves brillaban en la luna. Cuando Nino soltaba el aire, el unicornio lo soltaba también. Shh, hacía su respiración. Shh, shh, shh.
Pasaron junto al viejo estanque quieto. El agua era un cristal oscuro y callado. La luna estaba en el medio. El unicornio miró el agua. Nino también miró. Había dos de ellos en el estanque. Un ciervo pequeño. Un unicornio blanco y suave. El agua no se movía nada.

"Hola, allá abajo", susurró Nino al estanque. Su voz en el estanque le susurró de vuelta.
Siguieron caminando, muy despacito. Bichitos parpadeaban verdes en la hierba. Se encendían y se apagaban, como estrellitas bajadas. Nino dio un bostezo suave y pequeño. El unicornio bajó su vuelo para acompañarlo.
Llegaron a una colina baja y tibia. En la colina estaba la Nutria, hecha un ovillo en la hierba. La Nutria era pequeña, redonda y húmeda. "No encuentro mi rincón acogedor", dijo la Nutria, con una voz con mucho sueño. "Busqué y busqué. La hierba está muy fría esta noche."
"Shh, tranquila", dijo Nino bajito. "Vamos a ayudarte."
El unicornio de nube bajó su cabeza suave. Soltó una nube larga y cálida. La nube se posó sobre la Nutria como una manta. Era suave. Era cálida. Olía a lluvia y a luna.
La Nutria soltó un suspiro feliz. "Ah", dijo la Nutria. "Ah, está perfecto." La Nutria se acurrucó bien hondo en la nube. "Gracias, Nino. Gracias, unicornio de nube." Y los ojos de la Nutria ya se cerraban, despacio, pesados y cálidos.

"Que duermas bien", susurró Nino. "Que duermas bien, pequeña Nutria."
La Nutria ya soñaba. La manta de nube subía y bajaba, suave y lenta, con cada respiración dormida. Nino sonrió. Su amiga estaba tibia ahora. Su amiga estaba a salvo. Era algo bueno y dulce.
El unicornio giró, despacio y con cariño. Miró de vuelta hacia el nido de Nino. El camino a casa era suave y corto. La luna había bajado un poquito. La noche se hacía tarde y quieta.
Volvieron por el mismo camino. El estanque estaba callado. Los bichitos parpadeaban lentos. Los pasos de Nino se hicieron pequeños y suaves. Sus patitas estaban tibias. Sus ojos estaban pesados. El unicornio flotaba cerquita de él, lento, blanco y dulce.
Nino bostezó otra vez, un bostezo largo y lento. "Tengo sueño ahora", susurró.
"Lo sé", parecía decir el unicornio. "Shh, tranquilo. Casi en casa."
La hierba se hizo suave bajo sus pies. El nido de hojas tibias se acercó. Las hojas olían a lluvia de hace mucho tiempo. Nino entró, despacio y contento. Se acurrucó pequeñito en el calor.
Las primeras estrellas salieron, una a una. Parpadeaban sobre él, despacio y con cariño. La luna estaba baja, redonda y pálida. El mundo entero se quedó callado y oscuro.
El unicornio de nube flotaba sobre el nido. Miró a Nino con sus ojos de estrella pálida. Soltó una última nube suave y cálida. La nube bajó sobre Nino como una manta. Era cálida. Era suave. Olía a luna.
"Buenas noches, Nino", parecía decir el unicornio. Su voz no era voz ninguna. Era solo el silencio suave de la noche.
Los ojos de Nino se hicieron pesados y lentos. Miró hacia arriba una última vez. El unicornio de nube estaba suave, blanco y lejos. Subía despacio hacia la luna. Estaría allá en el cielo, cada noche, si Nino miraba.
"Buenas noches", susurró Nino. "Buenas noches, unicornio de nube. Buenas noches, estrellas. Buenas noches, luna."
Las estrellas parpadearon, despacio y con cariño. La luna brillaba suave y baja. Nino soltó el aire, despacio y cálido. Shh, hacía su respiración. Shh, shh.
Sus ojos se cerraron. Su pechito subía y bajaba. La nube estaba tibia a su alrededor. La noche estaba suave y quieta.
Nino ya soñaba. Flotaba allá arriba, entre las nubes. El unicornio de nube estaba ahí a su lado, suave, blanco y dulce. Vagaban despacio entre las estrellas. No había nada que hacer, solo descansar.
Shh, tranquilo, pequeño ciervo. Shh, tranquilo. La luna te cuida. Las estrellas parpadean suaves y lentas. Tu nube está tibia. Tu nido está a salvo.
Duerme, pequeño Nino. Duerme y sueña. Buenas noches.