Nino y el Prado Tranquilo
Para 3 a 5 años · 5 min de lectura
En un lugar verde y suave, al borde del bosque, un cervatillo llamado Nino estaba echado en su nido de hierba calentita. La hierba era suave. La hierba era cálida. Nino era pequeño, acurrucado y seguro.
La tarde caía despacio, toda dorada. Una brisa suave cruzaba el prado. Olía a flores, a lluvia y a hojas limpias. Nino la respiró hondo. La soltó muy despacito.
Chss, chss, decía la brisa.
Nino parpadeó con sus ojitos soñolientos. Una plumita blanca pasó volando. Giraba y daba vueltas, lenta como un sueño. Nino la vio flotar sobre la hierba. Se preguntó adónde quería ir.
Entonces Nino se levantó sobre sus patitas suaves. Se estiró un poquito, muy despacio. Luego entró en el prado quieto para mirar.

La hierba le hacía cosquillas en las pezuñas, suave y fresca. Florecitas se mecían cuando él pasaba. Cada una se cerraba para la noche. Doblaban sus pétalos como manitas. Buenas noches, florecitas, susurró Nino.
La pluma flotaba bajito. Nino la siguió, lento y suave. Llegó a un arroyo pequeño. El agua corría con un sonido gentil. Glu, glu, bajito y despacio. Sonaba como una canción de agua.
Nino mojó una pezuñita en el agua fresca. Miró al cielo allá arriba. Las nubes eran suaves, rosadas y grises. Una parecía un conejito soñoliento. Otra parecía una almohada. Nino sonrió, soñador y pequeñito.
Un amigo redondo estaba junto al agua. Era Pim, el capibara, descansando en la orilla. Pim era cálido, suave y lento. Dio un bostezo bien grande.
Hola, Nino, dijo Pim. Estoy buscando mi rinconcito acogedor.
La pluma se había posado en un musgo suave allí cerca. Justo al lado de Pim había una cama de musgo verde. Parecía suave como una nube. Ahí, dijo Nino, señalando con el hocico. Parece calentito y acogedor.
Pim se acomodó en el musgo. Ay, suspiró. Está perfecto. Gracias, pequeño Nino. Los ojos de Pim se pusieron pesados y lentos.

El cielo se volvía hondo y suave. El dorado ya se había ido. El azul se oscurecía, calmo y bueno. Nino sintió subir un bostezo. Lo dejó venir, lento y ancho.
La brisa se hizo suave, y más suave aún. Las flores ya dormían todas. El arroyo cantaba bajito. Glu, glu, chss, chss, chss.
Es hora de ir a casa, pensó Nino. Así que se dio la vuelta, lento y soñoliento, y volvió por la hierba fresca.
Arriba, una lucecita se encendió. Era la primera estrella, pequeña y plateada. Hola, estrella, susurró Nino. La estrella pareció brillar solo para él.
Luego salió otra estrella. Y otra más, suave y lenta. El cielo se llenó de luz tranquila. Nino caminaba debajo, pequeño y calmo.
Su nido lo esperaba en la hierba cálida. La hierba era suave. La hierba era cálida. Nino se enroscó en una bolita pequeña. Metió el hocico bajo la pata.
La luna subió, grande, redonda y clara. Posó una luz suave sobre todo. Sobre el prado. Sobre el arroyo. Sobre el musgo donde Pim ya dormía.
Nino miró hacia arriba una última vez. Tantas estrellas. Tan suaves y lejanas. Le guiñaban, lentas y buenas. Buenas noches, estrellas, sopló.
Sus ojos se pusieron pesados. Su respiración se hizo lenta. La brisa susurró bajito por la hierba. Chss, chss, pequeñito.
El prado estaba quieto. La noche estaba cálida. Todo estaba suave y quieto. Nino estaba seguro en su nido acogedor.
Sus ojos se cerraron. Su respiración se hizo lenta. Un sueño pequeño y dulce llegó flotando. Olía a flores y a aire limpio de la noche.
Duerme ya, Nino. Duerme ya, querido. Las estrellas te cuidan. La luna es suave. La hierba es cálida.
Buenas noches, cervatillo. Buenas noches.