← Todos los cuentos

Remi y el Pequeño Mapa de Piedras

Para 6 a 8 años · 5 min de lectura

En el hueco de un viejo roble vivía un mapachito llamado Remi. Su cama era un nido suave y redondo. Estaba hecho de hojas secas y musgo tibio. Las hojas olían a bosque después de la lluvia. Afuera, la noche estaba quieta y buena.

Remi tenía manitas grises que gustaban de tocar y descubrir. Le gustaba desarmar las cosas, solo para ver. Pero esta noche estaba acurrucado en su nido, calentito. La luna subía despacio y pálida.

Cerca de su almohada de musgo había una cajita de madera. Remi la abrió con sus manitas. Dentro había cinco piedras lisas. Hacía mucho las había puesto en una fila curiosa. Esta noche la luna entraba por la puerta, y las piedras parecían brillar.

"Un mapita", susurró Remi. "Un mapa hecho de piedras."

Remi, el mapachito, abre una cajita de madera con cinco piedras brillantes en su nido acogedor bajo la luna.

Cada piedra señalaba con cariño a la siguiente, como pasitos suaves saliendo por la puerta. Remi sintió un llamado callado. Sin prisa. Solo un deseo manso de seguir y ver.

Entonces salió de su nido. La hierba estaba fresca y suave bajo sus patitas. La primera piedra estaba justo afuera, redonda y plateada bajo la luna. Remi la tocó y sonrió. Luego buscó la siguiente.

La segunda piedra esperaba junto a un trébol. El trébol estaba húmedo y dulce. Una brisa pequeña movía las hojas allá arriba, despacio y suave, como una canción de cuna. Remi siguió, pasito suave tras pasito suave.

La tercera piedra estaba junto a un arroyo soñoliento. El agua corría despacio y quieta. Hacía shh, shh, shh sobre las piedritas. Remi se sentó un momento y escuchó. El arroyo sonaba como una respiración. Adentro y afuera, despacio y tibio.

Remi se sienta calladito junto a un arroyo soñoliento bajo la luna, escuchando el agua.

Junto al arroyo vio a un amigo. Era Bru, el osito, solo bajo la luna. Bru parecía un poco perdido. "No encuentro el camino a mi cueva", dijo Bru bajito. "Está todo tan oscuro y quieto."

"No te preocupes", susurró Remi. "Tengo un mapa de piedras. Podemos seguirlo juntos." Bru sonrió, y la sensación de estar perdido se derritió como la escarcha al sol de la mañana.

Los dos amigos siguieron, despacio y juntitos. La cuarta piedra brillaba junto a una cama suave de helechos. Los helechos eran verdes y frescos. Se mecían despacio en el aire de la noche. Remi tocó la piedra, y estaba tibia, como si un solecito hubiera dormido en ella todo el día.

Bru dio un bostezo grande y soñoliento. "Esta es una buena aventura", dijo. "Despacio y quieta." Remi asintió. Las mejores aventuras, pensó, eran las mansas que te traían a casa.

El camino de piedras se curvaba de vuelta al viejo roble. Remi no lo sabía antes. El mapita lo había llevado en un círculo manso. Lo había llevado afuera, y ahora lo llevaba a casa.

La quinta piedra estaba justo al lado de la cueva de Bru, bajo una raíz. "Mira", susurró Remi. "La última piedra es tu casa." Bru se acurrucó en su cueva acogedora, suave y seguro. "Buenas noches, Remi", murmuró. "Buenas noches, Bru", dijo Remi.

Ahora Remi caminó solo los últimos pasos suaves. La luna estaba más alta, redonda y blanca. El bosque estaba oscuro y quieto. Sus patitas se movían despacio sobre la hierba fresca.

Las primeras estrellas salieron, una por una. Parpadeaban suaves en el cielo azul hondo. Remi bostezó. Sus ojos se sentían pesados y tibios. El viejo roble esperaba adelante, como un amigo.

Subió al hueco. Subió al nido. Las hojas eran suaves. El musgo era tibio. Guardó sus cinco piedras de vuelta en la cajita.

Remi guarda sus cinco piedras en la cajita, acurrucado en su nido de hojas.

"Buenas noches, mapa", susurró. "Buenas noches, piedritas."

Remi se enroscó en una bolita redonda. Se puso una hoja seca sobre la nariz. Su respiración se hizo lenta. La noche estaba suave a su alrededor.

La luna cuidaba el viejo roble. El arroyo seguía haciendo shh, shh, shh muy lejos. Los ojos de Remi se cerraron.

Shh ahora. Shh ahora. Duerme, pequeño Remi.

Buenas noches.